viernes, 22 de enero de 2010

La ruptura posmoderna de la Historia y de la Realidad.Por Francisco Rosa Novalbos

Presentamos el último libro publicado por Verdú como una obra insoslayable para comprender el mundo de estos últimos tiempos. Su fino análisis de la actualidad pone al descubierto el lugar que ocupan y la función que desempeñan muchas de nuestras actitudes y de nuestras actividades diarias. Y esto lo hace, como veremos, desde un punto de vista genuinamente filosófico, si bien de una manera un tanto desordenada, u ordenada conforme a la constelación semántica o metafórica de las ideas con las que juega en detrimento de la exposición metonímica o sistemática. Ahora bien, daremos cuenta de que acaso sea ésta una consecuencia tanto del estilo general del mundo que el propio Verdú desentraña, como del carácter filosófico, y no científico (científico-social), de la materia a tratar.

¿Por qué "el estilo del mundo" y no "el espíritu del (último) capitalismo"? Porque, como también veremos, el estilo es algo más lábil, etéreo, trivial y cambiante que el auténtico espíritu. Y porque mientras que en tiempos de Weber el capitalismo era una férrea estructura con una ideología muy determinada, fácilmente detectable, que permitía la lucha en su contra, el actual capitalismo, el capitalismo de ficción, parece haberse diluido y penetrado en todas y cada una de las relaciones humanas —la Ampliación del campo de batalla que denunciaba Houellebecq respecto a la sexualidad [1] — tomando el aspecto no de una estructura económica sino de un mundo total.

¿Y por qué un "capitalismo de ficción" y no una "sociedad del espectáculo"? Porque mientras que el espectáculo es real y a su través la realidad misma se convierte en espectáculo, fenómenos característicos de las sociedades de consumo, también de la actual, la ficción supone un paso más, una vuelta de tuerca: nada ya es real, todo es ficticio, y lo es a través del espectáculo que nos ofrece la misma realidad, pero una realidad orientada al espectáculo al show, a la ficción. Anteriormente, hace unos años, podíamos ser espectadores de algo verdadero; ya no, toda expectación lo es de algo ficticio, hasta el punto de que nuestra vida también lo es. Antes éramos espectadores, ahora también somos actores en el show de la vida, actores representando diferentes papeles a la velocidad de los anuncios, casi cada 20 segundos.

La argumentación de esta mínima exposición la lleva a cabo Verdú a lo largo de todo el libro, en el cual, sin embargo, no explicita su posición ontológica que, no obstante, puede vislumbrarse. Y este es uno de los sentidos en el que decimos que se trata de una obra filosófica, pues consta de unas premisas ontológicas con las que distingue y valora los diversos fenómenos analizados. Esta ontología, al menos por lo que respecta a los fenómenos sociales es histórica e inter-disciplinar (o inter-categorial, en términos del materialismo filosófico). Quiere esto decir, por un lado, que la constitución de la realidad social es, ante todo, histórica, que los fenómenos sociales se constituyen como fenómenos históricos; y por otro que dichos fenómenos serían materia para las diferentes ciencias o disciplinas sociales (economía, política, sociología, ciencia de las religiones, etc.), es decir, que pertenecerían al campo conformado por la intersección de diferentes categorías o estructuras culturales. Esta característica es, no obstante, problemática ya que los fenómenos sociales no se configurarían como puntos geométricos en un espacio n-categorial, donde cada eje o dimensión representaría una categoría o campo científico-social, tal que virtualmente podrían existir fenómenos en todos los puntos de dicho espacio; esta hipotética situación permitiría la segregación mutua de cada eje (categoría o campo social) respecto de los demás, lo cual nos pondría delante de las diferentes ciencias sociales. Pero el caso es que no se da tal situación, que no es, siquiera virtualmente, posible la existencia de fenómenos sociales en todos los puntos de dicho espacio, ya que, por ejemplo, la pertenencia de un fenómeno a una determinada configuración social o religiosa impide su conformación como fenómeno económico de determinado tipo, o viceversa. Es esa configuración polémica de las realidades sociales lo que las constituye como auténtica materia filosófica.

Ahora bien, esta segunda característica ontológica conlleva una consecuencia epistemológica, a saber, que el conocimiento de las realidades sociales sólo puede darse, asimismo, en un proceso histórico: sólo con la necesaria perspectiva histórica es posible hacerse cargo de la totalidad de una realidad social, más todavía si dicha realidad contiene una fuerte carga política, pues los planes y los fines políticos no siempre son automáticamente visibles y hay que esperar a la investigación histórica.

Pues bien, con esta filosofía de fondo Verdú dará cuenta de las realidades sociales contemporáneas y de sus consecuencias ontológicas: la contemporaneidad o posmodernidad se caracteriza ontológicamente por la ruptura de la historia y con ella la ruptura de la realidad misma, la desrealización, la sustitución de la realidad por la ficción. El mundo actual se caracteriza por la globalización: el transporte de mercancías, el transporte de personas y las telecomunicaciones (ficción mediática) han puesto en confluencia todas las culturas del mundo, bien es cierto que imperando la occidental; con ello se ha globalizado, se ha extendido, una mezcla de culturas que está fragmentando las relaciones sociales y fomentando el individualismo; el individuo, ante esta fragmentación caleidoscópica, ofrecida como en un supermercado, se construye su propia identidad, pero se trata de un nuevo tipo de identidad, una identidad proteica, en cambio continuo.

El cambio continuo es otra de las principales características del mundo posmoderno y la flexibilidad es una condición de los nuevos sujetos para resistir en él. Con esto las antiguas identidades (culturales, de clase...) se han perdido. Mas no sólo eso, este cambio continuo en las relaciones sociales produce el desprendimiento de la temporalidad, la ruptura de la historia, en la medida en que nos instalamos en el presente continuo, sin pasado ni futuro; y, como hemos dicho, esto conlleva una desrealización. El cambio constante en las relaciones personales supone que estas son frágiles, débiles, inconsistentes, lo cual produce "enfermedades" mentales (estrés y depresión), con la consecuente demanda de intervención psicológica y su nueva solución universal: distanciarse de los problemas y conflictos, distanciamiento que consiste en tomar la vida como un objeto de ficción, como un espectáculo; al fin y al cabo el cambio constante es parecido a la vida en la pantalla. Otra de las consecuencias de la "enfermedad" mental es el aumento de demanda de entretenimiento o diversión.

Y es que, en efecto, una de las principales funciones de los medios de comunicación, telecomunicaciones o ficción mediática, es la de ser un factor de entretenimiento (las otras funciones son: crear estilo, aterrorizar y encubrir). Ahora bien, a través del entretenimiento, por su forma se fomenta el individualismo, por su contenido se fomenta la mezcla y la fragmentación histórico-cultural y a través de una de sus específicas manifestaciones, el reality show, se potencia la toma de la vida como objeto de ficción. Pero hay más, ya que esta diversión produce una aparente felicidad, la felicidad del niño que se contenta con poco: esto constituye a la posmodernidad en una época pueril, banal y anti-trágica. Este tipo de "felicidad" es asimismo producido por la ausencia de dolor que causa el distanciamiento respecto de la propia vida.

Esa felicidad también es causada por otra de las funciones que posee la ficción mediática, la creación de estilo: a través de las películas, pero sobre todo a través de la publicidad se nos muestra el estilo que se lleva, las nuevas maneras de actuar, que cambian como la moda, como lo que se vende en esa publicidad. A través de esos productos, etiquetados con su marca, se nos vende un modo de ser, se nos venden experiencias y, en último término, un nuevo tipo de persona, de individuo. A lo largo del libro Verdú establece distintas comparaciones entre tres tipos de capitalismo: el de producción, el de consumo y el de ficción; la que viene al caso es que el primero producía mercancías, el segundo discursos (sobre la utilidad de las mercancías), pero el tercero produce experiencias, produce personas (evidentemente a través de las mercancías). Mientras que en el entretenimiento el individuo es espectador, aquí se convierte en actor. Un nuevo tipo de experiencias que vende este capitalismo son las experiencias extremas (etiqueta X-treme), el estilo extremo (deportes de riesgo, porno duro, vídeo-hecatombe...), aventura, vida extrema, vida pura, y en definitiva, vida-ficción. Al mismo tiempo, ese estilo siempre renovado, a través de la globalización mediática, se incorpora a la mezcla universal de la cultura, a la papilla cultural mundializada. Pero el estilo, como ya hemos dicho, no deja poso, se abandona por el nuevo estilo, por la nueva moda; no es un espíritu, no es una ideología, es una estética o, mejor, una cosmética.

Ahora bien ligada a la experiencia extrema está otra de las funciones de la ficción mediática: servirnos el terror en bandeja. Una de las tesis más comprometidas del libro es esta: el terrorismo es el aliado del poder y mientras dure el capitalismo de ficción no cesará el terrorismo, ya que éste extrae su fuerza de la cobertura mediática que se le presta. El terror lleva la experiencia extrema a la vida cotidiana; salir de casa es toda una aventura (delincuencia, terrorismo, accidentes...). Como consecuencia la demanda de libertad de hace unas décadas se ha sustituido por demanda de seguridad, es decir, más policía, más control, más transparencia.

Y por último hemos de señalar una de las funciones originarias de los media, la función ideológica, a través de la cual se nos muestra o induce la línea política a seguir al tiempo que se encubre las verdaderas relaciones sociales existentes. Sobre este punto nos extenderemos un poco más al hablar de la ficción cosmética.

Porque ahora lo que nos interesa destacar sobre la ficción mediática es algo a lo que Verdú da la máxima importancia: la forma en la que se nos presentan todos estos contenidos en los media. Dicha forma es la sucesión de impactos, de flashes: los anuncios (20 seg.), las noticias (2 ó 3 min.), los documentales (media hora), películas, reality shows, noticias, anuncios... Se trata de una sucesión continua en la que se borra la temporalidad y la realidad: primero porque dicha sucesión vertiginosa impide la reflexión; segundo, porque la actualidad nos muestra una sola cara de la noticia, la que más impacta, la que más aterroriza, la que más vende. De este modo nuestra vida se recubre de otra capa ficticia: mientras que lo real es de naturaleza procesual, el impacto, la emergencia, es de naturaleza milagrosa, divina, de hecho los aviones se estrellaron contra las torres por mandato de Dios.

Existe una ficción mediática y una ficción cosmética, aunque sin la primera ésta no lograría su cometido. "Cosmética", etimológicamente remitía al orden del cosmos y, de hecho, todavía mantiene ese sentido de poner en orden las cosas, aunque sea simple apariencia, simple maquillaje. Verdú utiliza el término en ambos sentidos para referirse al maquillaje del cosmos, a la estetización del mundo que ha elevado cualquier cosa a la categoría de arte, rebajando de categoría al arte mismo; para referirse al reciclaje ideológico de los regímenes políticos (logrando de paso la homogeneización entre democracias y dictaduras: las primeras se vuelven más duras y las otras aparentemente más blandas); para referirse a la ideología de la transparencia, a la del marketing con causa o a la infame cosmética corporal, que intenta borrar las arrugas, ocultar la vejez y acaso liberarnos de la muerte...

Con todo lo extrema que parece la vida, nunca antes se ha temido más a la muerte (aunque por nuestro lado estamos con Houellebecq en que se teme antes a la vejez y a la invalidez), consecuencia del hiper-individualismo de los últimos tiempos. Esa negación de la edad y de la muerte es otra manifestación del desprendimiento de la temporalidad y de la desrealización: la vida como objeto de ficción justo ahora cuando llegado el fin de las ideologías, el fin de los grandes relatos, la vida no pertenece a Dios, no pertenece a la Patria, no pertenece a la Revolución, sino que nos pertenece a cada uno... ¿Será por eso?

A grandes rasgos este es el argumento de un libro de casi 300 páginas, razón por la cual nos hemos dejado bastante entre las teclas (ya no hay tinteros). Dicho argumento, con sus conceptos abstractos, tiene sus manifestaciones o particularidades categoriales (tomando el término en un sentido débil, pues ya hemos dicho que no se trata de estrictas categorías en sentido materialista-filosófico, sentido fuerte). Este argumento posee sus variantes económicas, políticas, artísticas, religiosas, sexuales, de parentesco... Y precisamente en la urdimbre de todas ellas, porque no se trata de un estricto paralelismo, sino de cruces e influencias o causalidades, se encuentra la labor filosófica. Pero, a pesar de ello, como decíamos al principio, ese carácter interdisciplinario merece una pequeña distinción de categorías, de ámbitos, una mínima sistematicidad, que es la que echamos en falta. Sería necesaria una reestructuración de los capítulos por categorías, analizando los fenómenos de cada orden por separado y señalando esas líneas de influencia que van de unos niveles a otros: de la economía a la política, de ésta a la religión, de ésta a la sexualidad, viceversa, etc. Probablemente de este modo el lector se haría mucho antes con el argumento y el sentido del libro, pero también quizá el texto perdería fluidez, esa fluidez que a veces engaña dando unos saltos de ángel, que a veces oculta como una cola de caballo, o que nos lleva de orilla a orilla a través de los rápidos...

De todos modos el efecto que produce el libro es precisamente aquello que critica: los temas están muy desordenados y se repiten constantemente en una sucesión casi publicitaria, el tono es irónico la mayor parte del tiempo. Los ejemplos son abundantes, tantos que a veces conviene pararse a pensar ante tanta evidencia. Creemos que se trata de un efecto que ha sido buscado por el autor. Estamos, por lo tanto, ante una obra maestra... Y todo maestro ha de ser criticado (si podemos).


NOTAS

[*] Francisco Rosa Novalbos es licenciado en Filosofía por la UCM; actualmente está doctorándose.

[1] Michel HOUELLEBECQ, Ampliación del campo de batalla, ed. Anagrama, Barcelona, 1999. El tema está tratado más extensamente en la novela del mismo autor Las partículas elementales (ed. Anagrama, Barcelona, 1999). Por nuestra parte también pueden encontrarse referencias en:

ROSA NOVALBOS, Francisco:

"http://www.filosofia.net/materiales/num/num18/Res-Plataforma.htm">.