lunes, 25 de mayo de 2009

Ecosofía : La salud en la edad de piedra

Publicado en la web FalsaRealidad.com..

La ecosofía es una corriente que, dentro de la ecología y a fines del siglo XX, rebasa la posición antropocéntrica del movimiento ecológico, involucrando su dimensión espiritual y global. Ve también la necesidad de tomar medidas no sólo para la protección del medio ambiente, sino de impulsar un cambio profundo de la visión del mundo, que retorne a los principios universales.

La tecnoindustria médica y farmacéutica quiere hacernos creer que sólo ella puede procurar bienestar al ser humano. Es falso. La salud no es algo que dependa de tecnología punta, instituciones médicas, hospitales y/o fármacos, sino de aire limpio, agua cristalina, alimentos sanos y una vida social en orden. Nuestra sociedad no es más sana porque tenga más hospitales, transplantes de órganos o sistemas de vacunación. Todo ello no hace más que mostrar su decadencia y su extrema vulnerabilidad… Pedro Burruezo echa mano de la antropología y de la etnología para desenmascarar la gran mentira en la que habitamos…

Seguir a los nómadas es seguir a Dios. Bruce Chatwin

Cada vez que me invitan a dar una charla en algún centro rural, universitario o vecinal, siempre se repiten los mismos esquemas. Hablo sobre los paradigmas de la sociedad excedentaria, sus desastres, y abogo por la austeridad eco-nómica, la Tradición, lo vernáculo, la escala humana, el pasado… Algunos me tildan de idealista. Desgraciadamente, el Sistema se ha encargado muy bien de que muchas de las personas que así me tildan tengan pocos o nulos conocimientos sobre Historia, antropología, etología, etnología… La visión que ellos tienen del mundo natural, de nuestros ancestros y de culturas no tecnocientíficas, lastimosamente, muy poco tiene que ver con un estudio profundo y vivencial: ellos no tienen la culpa, no obstante, de que sus opiniones sean producto inequívoco de siglos y siglos de estado de sitio mental ordenado por una sociedad, la tecnocapitalista, que, partiendo del antropocentrismo, del darwinismo, del mecanicismo y del cartesianismo, ha esgrimido cuatro absurdos y reduccionistas embustes sobre todos aquellos modos de vida que no son el postindustrial. De esta forma y con la utilización de las armas, el “homo tecnologicus” ha conseguido perpetuarse en el poder y zafarse de los sectores críticos. Las mentiras han calado hondo en una población alfabetizada, sí, pero absolutamente aculturizada por siglos de usurpación y por décadas de estrés mediático.
¿VIVIMOS MEJOR?

Una de las grandes mentiras de nuestra era es la interesada confusión que se da entre esperanza de vida y salud. La industria nos dice de forma machacona a través de los mass media que hoy se vive más años que en la Antigüedad. Pero es falso. Y, lo que es más grave, los años que se viven hoy se viven peor. La tecnoindustria, cuando habla del pasado, se refiere a la Edad Media en Occidente, un agujero negro en la historia de la Humanidad. El pésimo reparto de la riqueza (y, por consiguiente, una ciudadanía desnutrida), la construcción de protociudades sin alcantarillados y la ignorancia generalizada eran pasto de epidemias de todo tipo y de un alto grado de mortalidad entre todos los sectores de la población. En la actualidad, las mejores condiciones higiénicas han conllevado algunos éxitos contra algunas enfermedades infecciosas, pero la decadencia social, el estrés continuado, la vida sedentaria, el tabaco y el alcohol, la vida erigida sólo a partir de lo material, el despilfarro alimenticio basado en la proteína animal y los productos refinados, el uso y abuso de antibióticos en la dieta animal para alimentación humana, la “yatrogénesis” (enfermedades vinculadas a la tecnoindustria médica), la polución medioambiental, la contaminación nuclear, los pesticidas y conservantes en nuestros platos, la desestructuración familiar, las pandemias como el sida o el cáncer, la ingente cantidad de enfermedades mentales, el desorden espiritual de nuestra época, las disparadas tasas de enfermedades degenerativas, el aumento de las patologías relacionadas con la deflagración del sistema inmunitario… están conduciendo a una situación insostenible.
Los especialistas ven, no obstante, cada vez más claro. Para el doctor Pedro Ródenas, “las nuevas generaciones están falleciendo a edades más tempranas (infartos, tumores malignos) y se están multiplicando y adelantando en el tiempo las patologías degenerativas y crónicas que comportan un importante deterioro de la calidad de vida (diabetes, asma, cáncer, Alzheimer) (1). Para el doctor M. O. Bruker, “se da el hecho grotesco de que enfermamos con una frecuencia cada vez mayor y de que aumenta el número de enfermedades nuevas, que son menos controlables cuanto más avanza la investigación médica. Otras enfermedades han ocupado el lugar de las infecciosas y nos plantean problemas nuevos. Aunque el individuo no llegue a ser del todo consciente de este aumento, pues suele aceptar el hecho de estar enfermo como algo inevitable aunque desagradable, los expertos sí ven con preocupación cada vez mayor que esta situación está dando lugar a una serie de problemas importantes. Algunos hablan ya de un deterioro catastrófico de la salud de los pueblos civilizados” (2).
SALUD EN LA EDAD DE PIEDRA

Si echamos un vistazo a la antropología más comprometida, descubriremos una parte del pastel que, muy interesadamente, ha sido velada hasta ahora a la opinión pública. La realidad de las eras primitivas, de toda la franja paleolítica, la realidad de nuestros antepasados recolectores-cazadores es que, como dice John Zerzan (que también cita a otros autores), “el fin de la vida de recolección y caza trajo una merma de la talla, la estatura y la robustez del esqueleto (Cohen y Armalagos, 1981; Harris y Ross, 1981), la caída de los dientes, deficiencias nutritivas y la mayoría de las enfermedades infecciosas (Larsen 1982, Buikstra 1976 a, Cohen 1981)” (3). Para los citados Cohen y Armalagos, y también, por supuesto, para Zerzan y para otros muchos antropólogos y estudiosos, “considerada en conjunto, la llegada de la agricultura supuso un declive general de la calidad y probablemente de la duración de la vida humana”. Lo mismo ocurre con la sociedad tecnoindustrial, que ha significado un paso más hacia la decadencia física y moral de nuestra especie. El doctor Liverlees ha escrito: “Estamos siendo testigos de la decadencia del ser humano, la decadencia de su dentadura, sus arterias, sus entrañas y sus articulaciones, en una escala colosal y sin precedentes”.
¿O LA CIENCIA O EL DESASTRE?

En las charlas citadas, suelo exponer los once paradigmas que asentaron la economía excedentaria y que la perpetúan. Uno de ellos, precisamente, hace referencia a la economía neoliberal. El axioma podría resumirse así: “No hay elección: o la economía neoliberal o el mundo salvaje, la miseria, la enfermedad, la desnutrición y la muerte”. Todo esto es una de las calumnias y de las falacias más inverosímiles con que Occidente se ha estado autoengañando desde que Colón dio el pistoletazo de salida de un proceso devastador de destrucción y de clonación cultural a escala planetaria. Para ver la soberana cara de la verdad, vuelvo a citar a Zerzan porque sus escritos son, en este sentido, emblemáticos: “Los isleños andaman, al este de Tailandia, no tienen líderes, ni representaciones simbólicas, ni animales domesticados. También desconocen la agresión, la violencia y la enfermedad; sus heridas curan sorprendentemente rápido y su vista y su oído son especialmente agudos. Se dice que han decaído desde la intrusión europea a mediados del siglo xix, pero muestran otras características físicas notables como su inmunidad natural a la malaria; además, su piel es lo suficientemente elástica como para que desaparezcan las marcas que deja el parto y las arrugas que nosotros asociamos a la edad”. Diversos antropólogos, con De Vries (4) a la cabeza, han sentenciado que la ausencia de enfermedades degenerativas, la carencia de patologías mentales, el parto sin dolor… eran la realidad cotidiana de nuestros antepasados, el australopitecus, el Homo habilis, el Homo ergaster, el Homo erectus, el Homo antecessor y el Homo neanderthalensis.
El nunca lo suficientemente bien ponderado Jerry Mander (5) cita a Sahlins: “Casi universalmente partidarios de la tesis de que en el Paleolítico la existencia era dura, nuestros libros de texto se esfuerzan en transmitir una idea de fatalidad inminente, que nos hace preguntarnos no sólo cómo podían vivir los cazadores, sino, en realidad, si aquello era vida”. Para Sahlins, nuestro léxico está cargado de maquiavélicas expresiones que señalan al Paleolítico como un mundo que, por natural, resultaba depravado: “mera economía de subsistencia”, “ocio limitado”… Manuel Seara dice: “Los neandertales fueron cazadores y recolectores, nómadas que llevaron una vida muy dura y arriesgada” (6). ¿No es una visión parcial la de Seara? Mander señala que “Sahlins considera estas actitudes ‘el primer prejuicio claramente neolítico’ creado deliberadamente para definir la relación del cazador con la tierra y los recursos de la forma ‘más compatible con la misión histórica de arrebatárselos’”. Efectivamente, la sociedad excedentaria es la economía de los recursos y del mercado. Para robarlos, necesita desarraigar a las poblaciones vernáculas de sus tierras y crear un caldo de cultivo favorable entre la ciudadanía democrática que legitime esa expoliación: creando prejuicios, desprestigiando al “otro”, reinterpretando la Historia (¿quién la escribe, sino los vencedores?)… Pero la verdad sobre el tipo de vida Paleolítico, representado en tiempos recientes, por ejemplo, por los cazadores de Tierra de Arnhem Occidental (Australia), lo expresa muy bien el citado Jerry Mander: “No les gusta la dieta monótona. Trabajan para conseguir una amplia variedad de alimentos muy por encima de la cantidad suficiente. Según los investigadores McCarthy y McArthur, el consumo dietético de los cazadores era (años sesenta, fecha de los estudios citados) adecuado según los criterios actuales del Consejo Nacional de Investigación de América. En varias comunidades aborígenes el consumo superaba las 2.130 calorías, lo que supone un nivel de nutrición mejor del que disfruta el 15% de la población estadounidense”. Pero la contaminación “acultural” occidental conlleva pérdidas. Entre los colectivos actuales irredentos a la decadencia tecnológica, la salud de sus integrantes se deteriora en la medida en que adoptan fórmulas existenciales civilizatorias y, en especial, la típica dieta occidental (7).
MEDIO AMBIENTE

Es absolutamente aberrante comprobar de qué forma, en contra de todas las evidencias, la tecnoindustria médica sigue hablando de factores genéticos de riesgo, cuando, hablando de enfermedades, mira hacia otro lado ante la infinidad de datos que muestran una relación clarísima entre la degradación medioambiental y social y las enfermedades de la civilización. No cabe ninguna duda de que la salud humana está cada vez más determinada por las condiciones medioambientales. En Perspectivas del medio ambiente mundial, GE0-3 (8), se nos informa de que: 1) Las condiciones ambientales en deterioro son un importante factor que contribuye al empeoramiento de la salud y a la reducción de la calidad de vida. 2) La calidad deficiente del medio ambiente es responsable directa de aproximadamente el 25% de todos los trastornos que se pueden prevenir, cuya lista está encabezada por las enfermedades diarreicas e infecciones respiratorias agudas. 3) La contaminación atmosférica es una de las principales causas de diversas enfermedades. 4) En el ámbito mundial, el 7% de todos los decesos y enfermedades se deben a problemas de agua no apta para el consumo, y de saneamiento e higiene inadecuados. Cerca del 5% se atribuye a la contaminación atmosférica”.
La salud y el tipo de vida de nuestros antepasados, los recolectores-cazadores, no tenían nada que ver con la sinrazón occidental. Sirvan como ejemplos los relatos de aquellos exploradores de los siglos xviii, xix y principios del xx que, en sus viajes a zonas inexploradas, encontraban poblaciones que vivían en zonas tropicales. Miquel Izar, en su libro El rechazo de la civilización, nos habla, en sus razonamientos contra la conquista de América, de las formas de vida de los nativos y de lo que descubrieron los conquistadores, que poco tiene que ver con el adoctrinamiento oficial. Pierre Loti conoció la vida paradisiaca en Polinesia. Bruce Chatwin está bien documentado sobre aborígenes australianos. Siempre se repiten los mismos esquemas: ausencia de líderes, equidad hombre-mujer, propiedad consuetudinaria, economía recolectora, control poblacional, conservación de los recursos, espiritualidad cósmica, animismo-hilozoismo, vida familiar (una familia que transgrede el grupo mononuclear contemporáneo), alimentación orgánica y local (silvestre en su mayoría, la mejor, la más vital), salud natural, mucho tiempo para el ocio, una vida entregada a los placeres ajenos al encorsetamiento judeocatólico, una agua nítida, un aire limpio. Estas son las verdaderas razones de la inquebrantable salud de aquellos grupos. Y una más. La vida en armonía con la Naturaleza procuraba a nuestros antepasados un conocimiento perfecto de su propio cuerpo. El “homo tecnologicus” vive completamente alejado de su organismo.
CONTRACEPCIÓN NATURAL

Quiero poner, a este respecto, un ejemplo procedente de la etología, la ciencia que estudia el comportamiento animal. Vitus B. Dröscher nos habla de los babuinos. En las manadas, los machos hacen valer su rango jerárquico para montar a las hembras a las que han conseguido “camelar” (utilizando más sus dotes serviciales que la superficialidad belicosa) en los días en que éstas se encuentran más predispuestas a la fertilidad, puesto que a los machos les gusta tener el mayor número de hijos propios en la horda (9). Los machos y las hembras han aprendido, con la evolución, a conocer los días más factibles para la fecundación (y, por ende, para la no fecundación y el control poblacional). En las manadas de lobos, cuando interesa controlar la población habida cuenta de la escasez de territorio y de alimentos, es la hembra mejor ubicada en la jerarquía del clan quien se encarga de evitar la cópula entre machos y hembras en los días de fertilidad de aquéllas. Para Zerzan, “un fenómeno intrigante de los recolectores-cazadores es su capacidad para prevenir el embarazo sin utilizar métodos anticonceptivos (Silberbauer, 1981). Se han barajado y descartado diversas hipótesis; por ejemplo, la relación entre la concepción y los niveles de grasa corporal (Frisch, 1974; Leibowitz, 1986). Una explicación plausible sería que los pueblos no domesticados se encuentran más íntimamente conectados con su físico. Las mujeres forrajeras no tienen los sentidos aletargados y sus procesos no son algo ajeno a ellas; probablemente, no resulte ningún misterio el control sobre la natalidad para aquéllas cuyos cuerpos no son unos objetos extraños sobre los que actuar”. En el extremo opuesto, uno de cada cuatro niños que esta temporada ha empezado la educación primaria en Dinamarca procede de la fecundación artificial, un porcentaje muy alto, debido, sobre todo, a los disruptores hormonales químicos y otras formas de contaminación con disfunciones endocrinas (10). Con su divorcio del mundo natural, el hombre contemporáneo “ha ido bloqueando sus instintos y, con ello, el valioso canal de información que constituía la estrecha interrelación que en otro tiempo existía entre su consciente y su inconsciente” (11).
¿DE QUÉ SOLUCIONES HABLAN?

Inder Verma, profesor investigador del Laboratorio de Genética del Instituto Salk, ha dicho: “El mejor legado del Proyecto Genoma Humano es que ha estimulado la imaginación acerca de la biología. En los próximos 30 o 40 años nos habremos librado de la mayoría de las enfermedades y podremos preguntarnos las grandes cuestiones acerca de la naturaleza humana” (12). Estas declaraciones forman parte de una cuidada estrategia global de la economía excedentaria para sustituir a los antiguos brujos de las tribus neolíticas, cuando aparece la agricultura y, por tanto, las primeras formas de dominación y de esclavitud, para crear una nueva santurronería: la tecnológica. El Sistema nos dice: “No os preocupéis. Tenemos soluciones técnicas para todos los problemas. En el futuro, las enfermedades desaparecerán y la vida artificial romperá los límites de la dictadura de las leyes naturales”. También todo esto es mentira. Como hemos visto, las nuevas enfermedades no dejan de aparecer, las tasas de cáncer se disparan y, como muy bien ha dicho Goldsmith, “no existen soluciones tecnológicas para los grandes problemas que hoy asuelan a la Humanidad” (13).
REINCORPORACIÓN AL MUNDO NATURAL

Quiero incluir las palabras del Llamamiento fundamental a la conciencia. Los Haudenosaunee (nativos iroqueses) se dirigen al mundo occidental (14): “El aire es tóxico. Las aguas están envenenadas. Los árboles agonizan. Los animales desaparecen. Creemos que hasta los sistemas climáticos están cambiando. Nuestras antiguas enseñanzas nos advirtieron de que estas cosas ocurrirían si el hombre alteraba las leyes naturales. Cuando desaparezca la última forma natural de vida, desaparecerá con ella toda esperanza de supervivencia humana. Y nuestra forma de vida está desapareciendo rápidamente, víctima de los procesos destructores”. Durante el Paleolítico y, actualmente, en las religiones tradicionales y en la cosmovisión indígena, el ser humano jamás ocupó el lugar que el hombre tecnológico hoy se ha arogado para sí. Nuestros antepasados vivieron durante, como mínimo, dos millones y medio de años en una armonía absoluta con el medio. No existe ninguna solución a medias para la salud de nuestra especie, ni mental ni fisiológica. Si queremos conocer la salud de hierro de la que disfrutaron nuestros ancestros deberemos, para nuestro bien y para el de toda la ecosfera, reincoporarnos al mundo natural sin límites y sin condiciones. No podemos esperar que las ideas de sostenibilidad surgidas de las democracias occidentales puedan solucionar los problemas. Es necesaria una visión holística, capaz de soluciones homeotélicas, totales. ¿Cómo podemos concebir una sociedad que goce de salud mental y fisiológica si nuestro aire es pútrido; si nuestras aguas tienen cientos de restos químicos; si no hemos sido diseñados por cientos de miles de años de evolución para vivir en megalópolis-cárceles?
Llegados a este punto de la conferencia, siempre surge una voz extasiada: “¿Debemos volver a las cavernas?”. No parece conveniente, al menos de golpe. Como hemos visto, parece innegable que los grandes problemas que hoy nos asuelan empezaron con la agricultura y con el divorcio del hombre de su medio. Los primeros pasos hacia atrás tienen que ser, pues, a través de la agricultura y de la sociedad relocalizada y de escala humana.. Hay que volver a la primera agricultura (la orgánica) y la sociedad rural para luego dar otro paso y retomar la senda cósmica de la libertad sin condiciones.
AL MARGEN DEL SISTEMA

En cuanto a las soluciones particulares, vivir lo más al margen del Sistema, lo más lejos que nos permitan nuestras posibilidades, parece una opción adecuada. Ello significa, también, una dieta ética y sana, basada principalmente en alimentos frescos, mayoritariamente de origen vegetal, locales y orgánicos. Además, resulta muy sano una conducta ética para con los demás y con el medio y, por supuesto, una espiritualidad en paz. Entre mis compadres gitanos del barrio de Hostafranchs, en Barcelona, se ha llevado a cabo recientemente un estudio de salud. David Laguna Arias ha escrito: “Existe una reticencia para acudir al médico, pues se cree que, necesariamente, éste va a diagnosticar una enfermedad durante la visita. Por eso, los kalós atribuyen a los payos mayor riesgo de enfermedad”. Parece una superstición, pero es cierto. Una enorme cantidad de problemas que tienen que ver con la salud están directamente relacionados con errores yatrogénicos (ver El libro recomendado). De hecho, una gran parte de la nómina de ecologistas actuales se ha adentrado en el mundo activista por padecer patologías causadas directamente por la yatrogénesis o la contaminación y para los que el sistema sanitario convencional no tenía solución. Por ello, y en lo referente a la salud y las soluciones personales, como asegura el “primo” Nicolás, Nicolás Jiménez, gitano y ensayista, acerca de la cosmovisión kaló (que coincide, en este caso, con la cosmovisión de nuestros antepasados recolectores), hay que recuperar el amor por lo esencial: “La biofilia o el amor a la vida es uno de los ejes estructuradores de la cultura romaní” (15).
AMOR A LA VIDA

Nuestra sociedad necesita, al tiempo que reincorporarse a la ética ecosférica, recuperar el amor a la vida. La salud de las mujeres gitanas no se mide por su buen aspecto físico, algo que es posible enmascarar, sino por su fertilidad. ¿Qué se puede esperar de una sociedad que desprecia a los niños? ¿Qué se puede esperar de una sociedad en la que los doctores reciben “un promedio de tres kilogramos semanales de publicidad de la industria farmacéutica”? (16). Esta aseveración data de 1976, cuando Dupuy y Karsenty publicaron La invasión farmacéutica. La sinópsis de la obra afirma: “Todos los medicamentos tienen efectos secundarios: intoxicaciones y hemorragias digestivas producidas por el abuso de la aspirina; la lesión y hasta la destrucción de los riñones por absorción regular de la fenacetina; anemias que llegan a ser mortales por ingestión de cloramfenicol. ¿Peligrosidad como parte negativa de la eficacia? ¿Qué decir cuando muchos fármacos son ineficaces, y aun así se venden, se anuncian, se consumen, se recetan?”. Es más rentable un mundo enfermo. En este mismo número de The Ecologist se ponen ejemplos de empresas que contaminan y que trabajan en terapias contra las enfermedades causadas por esa polución. Nuestra sociedad necesita, si quiere estar sana, apostar por una vida libre, en armonía con el medio, con un medio limpio y puro, aunque ello conlleve cambios drásticos en los procesos de producción y de economía. En España hay 1.200.000 personas con fobia social. Tres millones con osteoporosis. Dos millones de diabéticos. Seis millones padecen síndrome de colon irritable. Y millones de impotentes. Richard Smith, director del British Medical Journal, ha reconocido: “Los laboratorios, por imposiciones del mercado, gastan mucho dinero en productos que aportan muy poco a los ricos, pero no logran producir ningún nuevo fármaco para las enfermedades de los pobres” (17).
CON-CIENCIA ALTERADA

Para Thomas Berry, “la era industrial es un periodo de arrobamiento tecnológico, un estado de conciencia alterada, una fijación mental que puede explicar que hayamos llegado a destrozar nuestro aire, nuestra agua y nuestro suelo y a dañar gravemente todo nuestro sistema vital básico” (18). Eso sin contar las agresiones a lo sagrado: para la sociedad tecnológica, los seres vivos (incluyendo el ser humano) son sólo un conjunto de relaciones químicas y hormonales. Estas agresiones a la espiritualidad tienen, también, innegables consecuencias en nuestra salud. Leyendo el Tao de Lao Tsu, uno comprende cuán pequeño es el conocimiento humano al lado de esa sabiduría infinita de que hablan los pueblos tradicionales al referirse a los poderes cósmicos. Cuando Lao Tsu rememora la sapiencia de los antiguos seguidores del Tao, nos está hablando de las poblaciones primitivas que habitaban el mundo mucho antes de la aparición de la agricultura. Los datos sobre las formas de vida, inteligencia, ética y estética sobre aquellos pueblos han sido claramente manipulados por la economía excedentaria. Ustedes dirán: “Si aquellos humanos eran tan inteligentes y tan sanos, ¿por qué la agricultura, la tecnología y la sociedad de masas tardó tantos cientos de miles de años en aparecer?”. Pero, ¿no creen que sería preciso formular la pregunta al revés? Si aquellos hombres y mujeres vivieron conforme a las leyes naturales durante varios cientos de miles de años, unos dos millones y medio de primaveras, ¿qué error, hace sólo unos quince mil años, les condujo hasta aquí?
Reintegrarnos al mundo natural tiene que ser una prioridad absoluta para nuestra especie. Y, ¿de quién debemos aprender, en quién podemos inspirarnos? En los sanos hombres del Paleolítico y en los actuales pueblos no domesticados, así como en aquellos colectivos vernáculos que siguen viviendo en pos de la Tradición. Los indios guaraníes, cumpliendo con los sueños de sus lejanos ancestros, han dejado sus lugares de origen, ya que la sociedad tecnológica lo estaba invadiendo todo. Ellos dicen que “su cultura continuará y que van a enseñar al hombre blanco los valores esenciales que ha perdido y cómo curarse física y espiritualmente” (19). Reincorporarnos al mundo natural no puede ser algo racional, mental, frío. Tiene que ser una conmoción, una entrega absoluta. Como señala Goldsmith, “la ecología que necesitamos no es la ecología que supone ver la ecosfera de la que dependemos para nuestra supervivencia con distancia y desapego científico. No salvaremos nuestro planeta (ni, por supuesto ‘nuestra salud’) con una decisión consciente, racional y carente de emociones ni con la firma de un contrato ecológico con él en base a un análisis de costos y beneficios. Se necesita un compromiso moral y emocional”.
Hay muchas razones para empezar el camino hacia atrás. Richard Maier lo ha resumido así: “Los primeros homínidos (especies clasificadas dentro de la familia humana) vivieron como cazadores-recolectores durante la mayor parte de los dos últimos millones de años. Fue durante este periodo de tiempo cuando evolucionó gran parte del potencial comportamental y cognitivo que caracteriza a nuestra especie. Sin embargo, llevamos menos de veinte mil años viviendo en comunidades agrícolas y mucho menos tiempo haciéndolo en medios urbanos. Consecuentemente, no hemos tenido tiempo para desarrollar adaptaciones consistentes con el estilo de vida moderno” (20). Recuperar la salud significa, inexorablemente, escuchar el latido de la Ley Natural que está atronando en nuestros oídos, a pesar de nuestra demencial sordera.

Pedro Burruezo es redactor jefe de The Ecologist

Notas
1. Ródenas, Pedro. El médico naturista opina. Océano Ámbar. 2000.
2. Bruker, M. O. La salud por la alimentación. Integral. 1992.
3. Zerzam, John. Futuro primitivo. Numa. 2001.
4. De Vries. Primitive Man and his food. Chicago. 1952.
5. Mander, Jerry. En ausencia de lo sagrado. José J. de Olañeta. 1996.
6. Seara, Manuel. El origen del hombre. Anaya. 1999.
7. Goldsmith, Edward. El Tao de la ecología. Icaria Editorial. 1999.
8. VV.AA. Perspectivas del medio ambiente mundial, GE0. Ediciones Mundi-Prensa. 2002.
9. Dröscher, Vitus B. ¡Aprendamos de los animales! Flor del Viento Ediciones. 1996.
10. Olea, N. Conferencia sobre disruptores endocrinos en Amayuelas de Abajo. Otro mundo es posible. 2002.
11. De la Rosa, Raúl. Medicina del hábitat. Terapión. 1994.
12. Declaraciónes a El País, 15-IX-2002.
13. Goldsmith, Edward. Encuentro interreligioso por una visión ecológica del mundo. BioCultura BCN. Mayo 2002.
14. Reunión en Naciones Unidas sobre Pueblos Indígenas. 1977.
15. Jiménez, Nicolás. Retrato socio-antropológico del pueblo rom. I Tchatchipen. Nº 38.
16. Dupuy, J.P.; Karsenty, S. La invasión farmacéutica. Editorial Euros. 1976.
17. Declaraciones a El País. 1-X-2002.
18. Berry, Thomas. The Dream of the Earth. Sierra Club Books. San Francisco. 1990.
19. Miowa, Yara. Declaraciones a La Vanguardia. 11-X-2002. Miowa es licenciada en Antropología Religiosa por la Sorbona y autora de Kurahycorá (Urano. 2002).
20. Maier, Richard. Comportamiento animal. McGraw Hill. 2001.